Podemos considerar a la representación teatral como un juego convencional, pues no tiene en sí utilidad práctica. Sin embargo, contempla un sin fin de simpatizantes, y se ejecuta como acto público en un espacio público.
Como Ente, la representación teatral es una masa constituida por un cerebro creador que contiene, como si de un ADN se tratase, el poso sabio de un texto (escrito o no), una intrínseca textura espacial, al intérprete en sí, de por sí, entre sí y unos otros cuerpos independientes de diverso volumen y tiempo.
Esta masa latente toma cuerpo cuando se presenta al público. Es en la presencia cuando se establece una particular armonía y adquiere sentido.El tiempo de la representación se dilata en el espectador quien, al transformar en su interior unas mínimas conmociones en grandes vivencias, redescubre lo cotidiano. Ahora bien, dentro de este marco, existe en la relación representación-público, un espacio en apariencia vacío que es médium entre estas dos presencias vivas. Por él fluyen ciertas fuerzas intangibles que si no son fáciles de precisar, sabemos que al menos, residen en el ser humano.

Admitimos por una parte que a través de nuestra percepción el Universo toma sentido y que esta cualidad es extensible a todas las sociedades humanas. Por otro lado, también sabemos que las áreas cerebrales que activamos cuando imaginamos un movimiento, son las mismas que cuando lo realizamos.

Esta curiosa simpatía que nos invade como un sueño, muestra un referente cuando comprobamos que el espectador es atraído por las tensiones extra cotidianas con anterioridad al contenido expresivo; que la danza del vientre en un principio era realizada al lado de las parturientas porque esto les ayudaba a parir o que aquel prestigioso líder y general tebano llamado Epaminondas, hizo uso del son de la flauta para marcar las acciones de los trabajadores que construían las murallas de Mesenia.

¿Qué fuerzas contaminan al público para que éste experimente en el cuerpo del espectador las emociones desprendidas de la representación, de tal modo que sus tensiones musculares pueden ser medidas por un dinamómetro? ¿Cuándo y cómo surgieron estas fuerzas…? Quizá desde el principio del tiempo.

Imaginemos a una persona que impulsada por un singular contagio imita de manera espontánea a un determinado animal, por ejemplo a un simio, y que dicha acción le es placentera. Consideremos que transcurrido el inicial entusiasmo la acción se agota y el placer desaparece.

El ser humano reflexiona, decide observar al simio frente a frente. Percibe en sus músculos los músculos del simio y se inunda con el fluir de un ritmo que los une. La persona, ahora sola, mima en su interior una imagen brutal y precisa del animal. El ser humano se transforma en la imagen de su imagen y crea un tercer ser, “un otro”. Esto le satisface. A su vez otras personas se interesan y observan gustosas a ese ser humano que se presenta como un simio y que encantado les muestra a ese “nuevo ser” ejecutando tres volteretas, después realiza una voltereta tan intensa e “imbricada” que vale por tres y por fin muestra la actitud de una voltereta que paradójicamente es vista por todos los asistentes…

Considero que másallá del Suceso, de la Hermenéutica, de la Proxémica, de la Kinésica, de la Cinéstesia, de Un referente que nos “hace signos”, de Un signo que hace realidad, de la Construcción del Personaje,de la Arquitectura de la puesta en escena, de la estructuración rítmica, etc. o por todo ello, del juego de la representación (de su cuerpo) se desprende de por sí, un flujo comunicativo.

Claudio Casero Altube